¿De qué hablamos cuando hablamos de cultura?

Fecha

Jueves, Agosto 20 2015

Lugar

Fundación Alvaralice

SE DISCUTE ESTA SEMANA EN BOGOTÁ, en una gran Cumbre para la Paz de Colombia, sobre el papel del arte y la cultura, dos palabras que suelen ser mera retórica en el discurso de los gobiernos y que no significan tampoco mucho para una parte de la sociedad colombiana, que cree que el arte es algo accesorio, una especie de adorno sin el cual se puede vivir, o que confunde cultura con espectáculo o con un repertorio de saberes.

Desconocen algunos que el arte y la cultura ayudan a construir la paz de un país, porque a través de ellos es que un pueblo ahonda en su historia, crea memoria, afina su visión crítica y su sentido estético y logra una mayor comprensión del ser humano y del concepto de libertad.

Como dije en mi breve intervención en el evento que me correspondió, el arte, que es un instrumento de indagación y conocimiento —aunque sus métodos sean distintos a los del pensamiento científico— tiene entre sus funciones señalar la complejidad de eso que llamamos realidad, su irreductibilidad a verdades cerradas y definitivas. El arte muestra las contradicciones, pero no juzga, ni alecciona, ni adoctrina. Incomoda, denuncia, hurga en las heridas, pero también las cicatriza. Su signo son los grises y no el esquemático contraste entre blanco y negro al que tendemos los colombianos. Por todo esto los gobiernos autoritarios le temen e intentan domesticarlo o restringirlo.

En un mundo donde no están satisfechas las necesidades básicas, sin embargo, es difícil que anide y prospere la cultura, que, como sabemos, tiene su mayor apoyo en la educación. Buena parte del conflicto colombiano, sabemos, puede explicarse como efecto de la inequidad y la falta de oportunidades y también como resultado de la débil presencia del Estado en muchas regiones. La cultura es también víctima de esa inequidad y ese abandono. Si el niño debe caminar una hora para llegar a su escuela, si esta no tiene los elementos básicos ni maestros capacitados, si para un adolescente enrolarse en la guerrilla es una salida para una situación de pobreza, si en los barrios marginales donde se apiñan los desplazados se tiene miedo de cruzar las fronteras invisibles por temor a una bala… ¿qué podemos esperar? Lo repiten los expertos: las pandillas juveniles que hoy asolan las ciudades no se acaban a punta de represión sino de prevención; si el deporte y la cultura fueran una opción al alcance de todos, si en el mundo de estos muchachos —en las ciudades pero también en los pueblos de Colombia— hubiera más cine-clubes, más escuelas de música, de arte plástico, de danza, más bibliotecas manejadas por libreros bien formados, más teatro, más casas de cultura, y también más piscinas y más canchas de fútbol con entrenadores disponibles, se ampliaría el horizonte de sus vidas.

Debemos tener claro que firmar unos convenios en La Habana es el primer paso para lograr la paz, pero que esta no se logra sino con cambios estructurales verdaderos, que persigan una sociedad igualitaria, donde la cultura sea el motor de los espíritus.

Ver más

SUSCRIBETE A LAS NOVEDADESRecibe las notificaciones en tu correo