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Fecha

martes, julio 12 2022

Lugar

Fundación Alvaralice

 Sonoricen estas líneas con la canción de Jhonny “El Bravo” para que puedan advertir las reflexiones que me produjeron de estos cortos pero intensos días de jurado del Premio Cívico por una Ciudad Mejor.

 Por Miguel Ángel Durango

Centro Yunus para la Innovación Social

Asistente de Investigación y Educación

A principios de marzo recibí de la Fundación Alvaralice la invitación para integrar el equipo de jurados de la versión especial del Premio Cívico por una Ciudad Mejor. Me convocaron porque podría aportar una mirada académica al análisis de las iniciativas postuladas. Cuando llegué a la primera visita de una propuesta liderada por Carmen, una mujer de otro mundo que ha levantado un centro cultural que beneficia a más de 100 niños y niñas en la Estrella (Comuna 20), me di cuenta que este ejercicio desafiaba la teoría. De ahí en adelante todo fue catarsis, años atrás había estado del lado contrario, nominado al mismo premio con una iniciativa que postulamos en el 2013 desde mi casa, la organización cultural Alfombra Mágica, y ahora como jurado reconocía la ilusión con la que cada persona postulada presentaba su propuesta. No era para menos, en muchos de estos casos los años de trabajo van pasando inadvertidos y silenciosos. Y este premio más allá del estímulo económico, cuenta la historia del esfuerzo que están haciendo las personas por lograr una ciudad más amable.  

Recorrimos la ciudad desde la periferia hacia el centro conociendo las 28 iniciativas finalistas. Subimos primero a la comuna 20 y luego a la 18, sectores que han mantenido una notable actividad social y ambiental respondiendo a los desafíos de su entorno. Fue en una de estas calles empinadas donde una señora que limpiaba el vidrio de su ventana aprovechaba para curiosear la visita, mientras sonaba para ella y sus vecinos la canción de Jhonny “El Bravo”. Apunté grande el coro de la canción en mis notas de jurado y seguimos escuchando la historia de las mujeres que lideran una iniciativa que lleva por nombre Camino al Barrio. Luego bajamos a conocer las historias rebeldes de las colectividades del oriente, visitamos el Retiro, el Poblado, Manuela Beltrán y finalizamos la ruta de visitas en los barrios del centro.

Conocimos gente con una generosidad admirable, con apuestas sensibles y entusiastas, ajustadas a las demandas de sus propias realidades. En esta versión del premio nos dimos cuenta porque las juventudes han sido las grandes protagonistas de esta ciudad, y la forma en que han volcado todo su ímpetu para experimentar ideas de transformación social a través del hip hop, el teatro o el audiovisual. Así mismo, reconocimos la labor experimentada de líderes que a lo largo de los años han mantenido el reconocimiento de sus comunidades por entregar su tiempo a causas como mitigar el hambre, reducir brechas de género, o hacer sus barrios más seguros. Es gente muy distintita en sus motivaciones, diversa en sus luchas y formas de abordarla, pero coinciden en el propósito común de desafiar la pasividad en una ciudad que necesita de agentes activos en sus comunidades.

Todavía hay una cantidad importante de historias que no se han contado. Personas en todas las latitudes de esta ciudad que están construyendo oportunidades y pensando formas creativas de responder a las necesidades más sentidas de sus comunidades. Es poco lo que se alcanza a ver, pero esta ciudad, a veces tan caótica, respira gracias a la forma en que la organización comunitaria y su sociedad civil se oxigena de ilusión y esperanza con todos estos esfuerzos autónomos y experimentales que surgen de colectivizarse y pensar los desafíos que enfrenta cada comunidad.

De esta travesía por las resistencias locales podemos concluir que la preocupación por mejorar la ciudad se está volviendo regla y no excepción, Cali está llena de personas que le están apostando a pensarse sus propios problemas, estamos asistiendo a un cambio de paradigma que apela a la construcción colectiva y comunitaria y que piensa cómo accionar planes para mejorar las condiciones de vida para todos. Y si hay algo que tenemos que reconocer en el Premio es su esfuerzo por hacer visible la forma en que esta ciudad respira, y la manera en que se conectan todas estas arterias de innovación para que fluyan entre ellas las ideas, el recurso, la cooperación y los afectos necesarios para consolidar este gran proyecto que se llama ciudad.

Necesitamos celebrar este despertar colectivo, con todo lo que nos ha costado y animar la solidaridad de todos los sectores para que las apuestas comunitarias se sostengan y crezcan: “Vengan inspectores/ Vengan arquitectos/ quiero terminarla con todos los hierros / Aprueba del sol, agua y sereno”.

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